lunes, 27 de agosto de 2012

La política de la representación y los debates en el campo artístico


Me vienen a convidar a tanta mierda…
Silvio Rodríguez, El necio.

En los años 70 era habitual en los países latinoamericanos que la enseñanza en la educación universitaria pública implicara debates en los cuales la literatura y el arte ocupaban espacios importantes. No había esteticismo puro o al menos este era muy problemático para los contemporáneos de la revolución cubana. Los autores del “boom” (Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez entre otros) asumieron posiciones frente a la revolución, particularmente frente al caso Padilla, que los llevaron a riñas personales e incluso a censuras públicas. Parece ser que aquí, cómo durante el siglo XIX, la literatura nunca ha podido escapar al problema político.
En los últimos 30 años diversos movimientos reivindicativos de minorías sociales han reclamado su lugar en los debates de la literatura y el arte. Algunas de estas corrientes teóricas se auto señalan como las encargadas de reactivar la discusión política en el arte sacándolo de la “torre de marfil”. Muchas se han desarrollado particularmente en universidades de los Estados Unidos, la cuna del pluralismo liberal, y llevan la impronta de las agendas políticas de este país. Esto es evidente porque nuestra tradición siempre ha considerado a la literatura y el arte comprendiendo los vínculos entre estas actividades y la política mientras que no ha sucedido lo mismo en otras tradiciones, o por lo menos no se ha dado de manera tan evidente.
Pero ¿por qué si la tradición arte y política existe en Latinoamérica se ha acudido a un discurso norteamericano para “re politizar” nuestras prácticas? Por un lado, no podemos olvidar que muchos de los profesores y académicos que trabajan estos problemas se han doctorado en Estados Unidos, y si bien algunos muy brillantes entienden que un aparato teórico es ya un aparato ideológico otros, en cambio, desconociendo nuestra tradición apelan a las herramientas del discurso académico norteamericano “desterritorializandolas” (palabra común en estos debates) lo cual conlleva consecuencias políticas problemáticas.  
En los últimos años se ha discutido, por ejemplo, la presencia de las negritudes o de la mujer en el arte contemporáneo. En un debate importante para los académicos, el debate sobre el canon, se ha vuelto sobre la historia de la literatura para rescatar a las escritoras mujeres como oprimidas, a las negritudes o a cualquier comunidad minoritaria. Si bien creemos que estos cuestionamientos son importantes y necesarios no debemos dejar de preguntarnos cuál es el origen de tal debate, en el contexto de la política norteamericana, y cuáles han sido sus consecuencias. 
Algunos de los más avisados marxistas estadounidenses han escrito algunos libros en donde critican estas agendas reivindicativas porque aunque, aparentemente, siguen los presupuestos marxistas, la verdad es que son producto de la política neoliberal norteamericana. Ahora creo que algunos ya pueden entender porque muchas de nuestras universidades de elite se han abierto a este discurso con absoluta tranquilidad, pero les ruego me den unos minutos para desarrollar este argumento.
En Cultural Capital. The problem of the literacy canon formation John Guillory desarrolla estas ideas con una inquietante certeza. El texto lamentablemente no ha sido traducido completamente al español, pero gracias al esfuerzo de tres profesores de la Universidad Nacional de Colombia contamos con una versión al español del capítulo más importante del libro La política imaginaria de la representación.
Para Guillory el problema de la reivindicación de las minorías sociales (mujeres, negritudes, indígenas) se da precisamente cuando se confía ciegamente en el concepto de identidad social. La idea de una identidad social esencial ha sido utilizada ampliamente por el neoliberalismo, dice el teórico “este mismo hecho es sintomático de un dilema político generado por la lógica misma del pluralismo liberal. Sugiere que la categoría de la identidad social es políticamente demasiado importante para producir cualquier fundamentación de argumentos teóricos que podrían complicar el estatus de la representación de los textos literarios, por la sencilla razón de que el último modo de representación sustituye a la representación en la esfera política. Debemos hablar en este punto (y esto se da en general cuando se acepta la hipótesis de la sociedad posmoderna) de cierto desplazamiento de la política que es la condición para la existencia de la nueva política de la representación (Guillory, 203)
Esta política de la representación es muy peligrosa porque sugiere, si me permiten una vulgarización de la complejidad valiosa del teórico, que vamos a darle lugar a las mujeres y a los negros en el arte pero los vamos a seguir tiranizando apoyando las agendas políticas del neoliberalismo. Incluso es aún más complejo, podemos hablar de escritores y escritoras, incluso un personaje podría escribir un estudio sobre las mejores novelistas de la historia de Colombia pero ese mismo personaje resuelve en la política de la representación, no en su vida, un problema político sistemático. Pongamos que ese mismo personaje al llegar en la noche le pega a su mujer y la trata como imbécil por no leer el estudio de las mejores escritoras de la historia colombiana.
Como vemos ese desplazamiento de la política de la representación podría ponerle obstáculos a proyectos políticos orgánicos y completos que no solo buscan redimir a las minorías en sus representaciones culturales sino en la vida práctica.
Guillory continua explicando los problemas políticos implícitos en la política de la representación “Se puede admitir sin esfuerzo que la relación entre la teoría y la practica nunca es fácil de especificar (…) Consideremos, por ejemplo, la invocación a la raza, la clase, el género (...) la permanente invocación a estas categorías de identidad social deja de lado continuamente su mutua discriminación teóricas a favor de la idea de que se está haciendo algún trabajo político al afirmar que sus nombre son al mismo tiempo una práctica. ¿Pero qué trabajo es ese? ¿Qué trabajo político requiere un aplazamiento de la teoría, a pesar del hecho de que uno siempre debe expresarse a favor de un análisis futuro, hasta ahora no elaborado, de las relaciones entre raza, clase social o género? No se trata tanto de que estos análisis no estén disponibles de momento –de hecho, lo están- sino que en el contexto de la crítica y la revisión canónicas no tienen  aplicación obvia. En este contexto la ecuación de todos los escritores minoritarios como no canónicos conduce a una correspondencia ontológica entre sus identidades sociales, y equipara sus obras a experiencias análogas de marginación” (Guillory, 203-204)
Es decir, la política imaginaria de la representación no sólo es problemática porque termina resolviendo los problemas políticos en un mero espacio representativo sino que también es síntoma de una dificultad para entender las diferentes experiencias de marginación que se viven a partir del género, la raza o la clase social. Nosotros tenemos que saberlo muy bien, no está igualmente marginado un afrodecendiente perseguido por los paramilitares que uno que forma parte de las fuerzas militares. En ese sentido, el problema de los escritores minoritarios, al fin y al cabo estamos hablando de arte y literatura, falsea una realidad política deprimente.
Según Guillory “La invocación telegráfica de raza/clase/género es precisamente el síntoma de una incapacidad para llevar a cabo un análisis sistémico que integre las distinciones y los matices de la teoría social en la práctica de la revisión canónica. Podemos decir brevemente lo que está en juego en la diferencia entre una crítica marxista/posmarxista y una critica liberal del canon, insistiendo sobre la inconmensurabilidad teórica y practica de los términos de la raza, clase social y genero: los modos de dominación y explotación específicos para cada una de estas minorías socialmente definidas no pueden ser corregidos por medio de la misma estrategia de la representación. No es en absoluto evidente que la representación de los negros en el canon literario, por ejemplo, tenga exactamente los mismos efectos sociales que la representación de las mujeres, precisamente porque la representación de los negros en la universidad no es conmensurable con la de las mujeres. Para una crítica pluralista sigue siendo difícil, si no imposible, expresar las implicaciones políticas practicas del hecho de que la raza y el género no significan simplemente experiencias análogas marginación, sino modos inconmensurables de identificación social." (Guillory, 204, 205)
Como lo afirma el estudioso norteamericano es peligroso igualar todas las experiencias de marginación porque en vez de apuntar a los problemas de origen sistémico que causan esa marginación (problemas asociados al capitalismo, al neoliberalismo y a las políticas asociadas al pluralismo norteamericano).
"incluso dentro de la categoría de raza, las identidades raciales construidas socialmente son tan diversas como los modos de racismo específicos en la opresión de diferentes razas (y estos modos son obviamente muy diversos). Una política que presupone la indiferencia ontológica entre todas las identidades sociales minoritarias al definir grupos oprimidos o dominantes, una política en la que las diferencias son sublimadas en la constitución de una identidad minoritaria (la política de identidad que empieza a ser cada vez más cuestionada dentro del feminismo mismo), solo puede recuperar las diferencias entre las identidades sociales sobre la base de experiencias de marginación comunes, y por lo tanto conmensurables, experiencias que a su vez producen una practica política que consiste mayormente en afirmar las identidades especificas para esa experiencia." (Guillory, 205,206)
Como he intentado explicar para las corrientes que están a favor de esta aparente “re-politización” del campo artístico sigue siendo fundamental el hecho de que el arte sea representativo y que la identidad de la minoría cultural se defina por la opresión. Es precisamente este último punto el que explica el malestar y la incomodidad de algunos que todavía creen en los pensadores de la corriente tradicional de la estética marxista. Para la estética marxista de mayor tradición, Lukacs o Adorno por ejemplo, el arte nunca fue sólo una representación. El arte, la condición de la obra de arte, sobrepasa la mera representación y esto sucede porque desde la existencia del capitalismo la lucha con el lenguaje, cuyo producto es el arte implica sustraerse de la simple imitación de lo ya existentes sólo así el arte podrá convertirse en verdadero conocimiento, más allá de las ciencias positivas anquilosadas por el mismo capitalismo “La palabra llega a la ciencia como signo; como sonido, como imagen, como autentica palabra, es repartida entre las distintas artes sin posibilidad de regenerarse mediante la adición, la sinestesia o el “arte total”. En cuanto signo, el lenguaje debe asemejarse a ella. En cuanto a imagen debe resignarse a ser copia, y para ser enteramente naturaleza ha de renunciar a la pretensión de conocerla. Con el avance de la ilustración, solo las autenticas obras de arte han podido sustraerse a la mera imitación de lo que existe” (Adorno, Horkheimer, 31).
El problema que aparece de manera evidente en la anterior cita. El arte, si quiere aspirar a ser más que mercancía, no debe renunciar a hacer crítica a lo que Lukacs llamaba la “segunda naturaleza” y que no es más que la petrificación de las relaciones al interior del capitalismo con su respectiva naturalización. Es decir, pensamos que siempre ha sido igual, que siempre será igual, que es parte de la naturaleza del hombre esta terrible desigualdad y la estructura de dominio y poder subsecuente. En ese horizonte las esperanzas de los artistas de los años 60 y 70, pienso en Cortázar y en Gabriel García Márquez, por ejemplo, han sido absorbidas por los proyectos académicos del pluralismo liberal norteamericano.
Si se piensa detenidamente se comprenderá porque no puede existir un dialogo autentico y abierto entre muchas de las teorías clásicas y las teorías que se han reformulado al calor de la política del pluralismo liberal norteamericano. No hay acuerdos epistemológicos que permitan ese dialogo. Incluso personajes famosos por sus debates, como Adorno y Heidegger, estaban deacuerdo en que el arte era más que representación “Las obras de arte no tienen a las cosas como portadores (Heidegger ha llamado la atención de esto contra el idealismo)” (Adorno, 137)[1]
Para concluir quiero aclarar que no estoy en contra de la reivindicación de las minorías sociales, siempre y cuando esta reivindicación apunte a las razones estructurales de la experiencia de marginación social, es decir, a la denuncia del capitalismo en sus diferentes formas. Tampoco estoy en contra de la utilización de teorías extranjeras, al fin y al cabo he utilizado las críticas de un académico norteamericano a la escuela misma que este país ha impuesto como moda académica. Lo qué es problemático es asumir las posiciones teóricas como neutrales o inteligentes en sí mismas, sólo los contextos históricos y ciertos elementos particulares al interior de una sociedad determinan la efectividad o la necesidad de ciertos pensamientos teóricos. En últimas no sugerimos un cambio de pensadores norteamericanos por alemanes, más bien apuntamos a una utilización sin límites de los pensadores pero siempre bajo una posición política que debemos trabajar por aclarar mucho más.
Al margen de las discusiones académicas es evidente que la moda del pluralismo liberal norteamericanos ha permitido que los gobiernos pongan sobre la mesa problemáticas que antes estaban permeadas por diferentes limitaciones hegemónicas. Sin embargo, y en esto las discusiones académicas son una advertencia, la respuesta es la aparente re-formulación del sistema, un triste asistencialismo y la promesa de la redención política mediante la representación en el campo del arte, no la completa re-estructuración de los aparatos políticos e ideológicos del estado.    


 Anexo:
Este texto fue preparado para presentarse en el contexto del Cabildo nacional de juventudes de Marcha Patriótica en Cartagena el 25 de Agosto de 2012. A algunas personas les pareció interesante. Patricia Ariza no compartió el texto, ella considera que "las mujeres no somos minoría" algo con lo que estoy absolutamente deacuerdo (mi texto intenta explicar precisamente que son tratadas como minoría sin serlo). Su comentario acerca de los afrodecendientes no lo entendí bien. 


   
     
   


[1] Es curioso que Adorno cite aprobatoriamente a Heidegger. Esto muestra que su filosofía era no sólo crítica sino también reconciliadora. A diferencia de las creencias del común, Adorno sabía reconocer a sus rivales los puntos valiosos y plausibles de sus ideas.