Me vienen a convidar a tanta mierda…
Silvio Rodríguez, El necio.
En los años 70
era habitual en los países latinoamericanos que la enseñanza en la educación
universitaria pública implicara debates en los cuales la literatura y el arte
ocupaban espacios importantes. No había esteticismo puro o al menos este era
muy problemático para los contemporáneos de la revolución cubana. Los autores
del “boom” (Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez entre otros)
asumieron posiciones frente a la revolución, particularmente frente al caso
Padilla, que los llevaron a riñas personales e incluso a censuras públicas.
Parece ser que aquí, cómo durante el siglo XIX, la literatura nunca ha podido
escapar al problema político.
En los últimos
30 años diversos movimientos reivindicativos de minorías sociales han reclamado
su lugar en los debates de la literatura y el arte. Algunas de estas corrientes
teóricas se auto señalan como las encargadas de reactivar la discusión política
en el arte sacándolo de la “torre de marfil”. Muchas se han desarrollado
particularmente en universidades de los Estados Unidos, la cuna del pluralismo
liberal, y llevan la impronta de las agendas políticas de este país. Esto es
evidente porque nuestra tradición siempre ha considerado a la literatura y el
arte comprendiendo los vínculos entre estas actividades y la política mientras
que no ha sucedido lo mismo en otras tradiciones, o por lo menos no se ha dado
de manera tan evidente.
Pero ¿por qué si
la tradición arte y política existe en Latinoamérica se ha acudido a un
discurso norteamericano para “re politizar” nuestras prácticas? Por un lado, no
podemos olvidar que muchos de los profesores y académicos que trabajan estos
problemas se han doctorado en Estados Unidos, y si bien algunos muy brillantes
entienden que un aparato teórico es ya un aparato ideológico otros, en cambio,
desconociendo nuestra tradición apelan a las herramientas del discurso
académico norteamericano “desterritorializandolas” (palabra común en estos
debates) lo cual conlleva consecuencias políticas problemáticas.
En los últimos
años se ha discutido, por ejemplo, la presencia de las negritudes o de la mujer
en el arte contemporáneo. En un debate importante para los académicos, el
debate sobre el canon, se ha vuelto sobre la historia de la literatura para
rescatar a las escritoras mujeres como oprimidas, a las negritudes o a
cualquier comunidad minoritaria. Si bien creemos que estos cuestionamientos son
importantes y necesarios no debemos dejar de preguntarnos cuál es el origen de
tal debate, en el contexto de la política norteamericana, y cuáles han sido sus
consecuencias.
Algunos de los
más avisados marxistas estadounidenses han escrito algunos libros en donde
critican estas agendas reivindicativas porque aunque, aparentemente, siguen los
presupuestos marxistas, la verdad es que son producto de la política neoliberal
norteamericana. Ahora creo que algunos ya pueden entender porque muchas de nuestras
universidades de elite se han abierto a este discurso con absoluta
tranquilidad, pero les ruego me den unos minutos para desarrollar este
argumento.
En Cultural
Capital. The problem of the literacy canon formation John Guillory
desarrolla estas ideas con una inquietante certeza. El texto lamentablemente no
ha sido traducido completamente al español, pero gracias al esfuerzo de tres
profesores de la Universidad Nacional de Colombia contamos con una versión al
español del capítulo más importante del libro La política imaginaria de la
representación.
Para Guillory el
problema de la reivindicación de las minorías sociales (mujeres, negritudes,
indígenas) se da precisamente cuando se confía ciegamente en el concepto de
identidad social. La idea de una identidad social esencial ha sido utilizada
ampliamente por el neoliberalismo, dice el teórico “este mismo hecho es
sintomático de un dilema político generado por la lógica misma del pluralismo
liberal. Sugiere que la categoría de la identidad social es políticamente
demasiado importante para producir cualquier fundamentación de argumentos
teóricos que podrían complicar el estatus de la representación de los textos
literarios, por la sencilla razón de que el último modo de representación sustituye
a la representación en la esfera política. Debemos hablar en este punto (y esto
se da en general cuando se acepta la hipótesis de la sociedad posmoderna) de
cierto desplazamiento de la política que es la condición para la existencia de
la nueva política de la representación” (Guillory, 203)
Esta política de
la representación es muy peligrosa porque sugiere, si me permiten una
vulgarización de la complejidad valiosa del teórico, que vamos a darle lugar a
las mujeres y a los negros en el arte pero los vamos a seguir tiranizando
apoyando las agendas políticas del neoliberalismo. Incluso es aún más complejo,
podemos hablar de escritores y escritoras, incluso un personaje podría escribir
un estudio sobre las mejores novelistas de la historia de Colombia pero ese
mismo personaje resuelve en la política de la representación, no en su vida, un
problema político sistemático. Pongamos que ese mismo personaje al llegar en la
noche le pega a su mujer y la trata como imbécil por no leer el estudio de las
mejores escritoras de la historia colombiana.
Como vemos ese
desplazamiento de la política de la representación podría ponerle obstáculos a
proyectos políticos orgánicos y completos que no solo buscan redimir a las
minorías en sus representaciones culturales sino en la vida práctica.
Guillory
continua explicando los problemas políticos implícitos en la política de la
representación “Se puede admitir sin esfuerzo que la relación entre la teoría y
la practica nunca es fácil de especificar (…) Consideremos, por ejemplo, la
invocación a la raza, la clase, el género (...) la permanente invocación a
estas categorías de identidad social deja de lado continuamente su mutua
discriminación teóricas a favor de la idea de que se está haciendo algún
trabajo político al afirmar que sus nombre son al mismo tiempo una práctica.
¿Pero qué trabajo es ese? ¿Qué trabajo político requiere un aplazamiento de la
teoría, a pesar del hecho de que uno siempre debe expresarse a favor de un
análisis futuro, hasta ahora no elaborado, de las relaciones entre raza,
clase social o género? No se trata tanto de que estos análisis no estén
disponibles de momento –de hecho, lo están- sino que en el contexto de la
crítica y la revisión canónicas no tienen
aplicación obvia. En este contexto la ecuación de todos los escritores minoritarios
como no canónicos conduce a una correspondencia ontológica entre sus
identidades sociales, y equipara sus obras a experiencias análogas de
marginación” (Guillory, 203-204)
Es decir, la
política imaginaria de la representación no sólo es problemática porque termina
resolviendo los problemas políticos en un mero espacio representativo sino que
también es síntoma de una dificultad para entender las diferentes experiencias
de marginación que se viven a partir del género, la raza o la clase social. Nosotros
tenemos que saberlo muy bien, no está igualmente marginado un afrodecendiente
perseguido por los paramilitares que uno que forma parte de las fuerzas
militares. En ese sentido, el problema de los escritores minoritarios, al fin y
al cabo estamos hablando de arte y literatura, falsea una realidad política
deprimente.
Según Guillory
“La invocación telegráfica de raza/clase/género es precisamente el síntoma de
una incapacidad para llevar a cabo un análisis sistémico que integre las
distinciones y los matices de la teoría social en la práctica de la revisión
canónica. Podemos decir brevemente lo que está en juego en la diferencia entre
una crítica marxista/posmarxista y una critica liberal del canon, insistiendo
sobre la inconmensurabilidad teórica y practica de los términos de la raza,
clase social y genero: los modos de dominación y explotación específicos para
cada una de estas minorías socialmente definidas no pueden ser corregidos por
medio de la misma estrategia de la representación. No es en absoluto evidente
que la representación de los negros en el canon literario, por ejemplo, tenga
exactamente los mismos efectos sociales que la representación de las mujeres,
precisamente porque la representación de los negros en la universidad no es
conmensurable con la de las mujeres. Para una crítica pluralista sigue siendo
difícil, si no imposible, expresar las implicaciones políticas practicas del
hecho de que la raza y el género no significan simplemente experiencias
análogas marginación, sino modos inconmensurables de identificación
social." (Guillory, 204, 205)
Como lo afirma
el estudioso norteamericano es peligroso igualar todas las experiencias de
marginación porque en vez de apuntar a los problemas de origen sistémico que
causan esa marginación (problemas asociados al capitalismo, al neoliberalismo y
a las políticas asociadas al pluralismo norteamericano).
"incluso
dentro de la categoría de raza, las identidades raciales construidas
socialmente son tan diversas como los modos de racismo específicos en la
opresión de diferentes razas (y estos modos son obviamente muy diversos). Una
política que presupone la indiferencia ontológica entre todas las identidades
sociales minoritarias al definir grupos oprimidos o dominantes, una política en
la que las diferencias son sublimadas en la constitución de una identidad
minoritaria (la política de identidad que empieza a ser cada vez más
cuestionada dentro del feminismo mismo), solo puede recuperar las diferencias
entre las identidades sociales sobre la base de experiencias de marginación
comunes, y por lo tanto conmensurables, experiencias que a su vez producen una
practica política que consiste mayormente en afirmar las identidades
especificas para esa experiencia." (Guillory, 205,206)
Como he
intentado explicar para las corrientes que están a favor de esta aparente
“re-politización” del campo artístico sigue siendo fundamental el hecho de que
el arte sea representativo y que la identidad de la minoría cultural se defina
por la opresión. Es precisamente este último punto el que explica el malestar y
la incomodidad de algunos que todavía creen en los pensadores de la corriente
tradicional de la estética marxista. Para la estética marxista de mayor
tradición, Lukacs o Adorno por ejemplo, el arte nunca fue sólo una representación. El arte, la condición de la obra de arte,
sobrepasa la mera representación y esto sucede porque desde la existencia del
capitalismo la lucha con el lenguaje, cuyo producto es el arte implica
sustraerse de la simple imitación de lo ya existentes sólo así el arte podrá
convertirse en verdadero conocimiento, más allá de las ciencias positivas
anquilosadas por el mismo capitalismo “La palabra llega a la ciencia como
signo; como sonido, como imagen, como autentica palabra, es repartida entre las
distintas artes sin posibilidad de regenerarse mediante la adición, la
sinestesia o el “arte total”. En cuanto signo, el lenguaje debe asemejarse a
ella. En cuanto a imagen debe resignarse a ser copia, y para ser enteramente
naturaleza ha de renunciar a la pretensión de conocerla. Con el avance de la ilustración, solo las autenticas obras de arte han
podido sustraerse a la mera imitación de lo que existe” (Adorno,
Horkheimer, 31).
El problema que
aparece de manera evidente en la anterior cita. El arte, si quiere aspirar a
ser más que mercancía, no debe renunciar a hacer crítica a lo que Lukacs
llamaba la “segunda naturaleza” y que no es más que la petrificación de las
relaciones al interior del capitalismo con su respectiva naturalización. Es
decir, pensamos que siempre ha sido igual, que siempre será igual, que es parte
de la naturaleza del hombre esta terrible desigualdad y la estructura de
dominio y poder subsecuente. En ese horizonte las esperanzas de los artistas de
los años 60 y 70, pienso en Cortázar y en Gabriel García Márquez, por ejemplo,
han sido absorbidas por los proyectos académicos del pluralismo liberal
norteamericano.
Si se piensa
detenidamente se comprenderá porque no puede existir un dialogo autentico y
abierto entre muchas de las teorías clásicas y las teorías que se han
reformulado al calor de la política del pluralismo liberal norteamericano. No
hay acuerdos epistemológicos que permitan ese dialogo. Incluso personajes
famosos por sus debates, como Adorno y Heidegger, estaban deacuerdo en que el
arte era más que representación “Las obras de arte no tienen a las cosas como
portadores (Heidegger ha llamado la atención de esto contra el idealismo)”
(Adorno, 137)[1]
Para concluir
quiero aclarar que no estoy en contra de la reivindicación de las minorías
sociales, siempre y cuando esta reivindicación apunte a las razones
estructurales de la experiencia de marginación social, es decir, a la denuncia
del capitalismo en sus diferentes formas. Tampoco estoy en contra de la
utilización de teorías extranjeras, al fin y al cabo he utilizado las críticas
de un académico norteamericano a la escuela misma que este país ha impuesto
como moda académica. Lo qué es problemático es asumir las posiciones teóricas
como neutrales o inteligentes en sí mismas, sólo los contextos históricos y
ciertos elementos particulares al interior de una sociedad determinan la
efectividad o la necesidad de ciertos pensamientos teóricos. En últimas no
sugerimos un cambio de pensadores norteamericanos por alemanes, más bien apuntamos
a una utilización sin límites de los pensadores pero siempre bajo una posición
política que debemos trabajar por aclarar mucho más.
Al margen de las
discusiones académicas es evidente que la moda del pluralismo liberal
norteamericanos ha permitido que los gobiernos pongan sobre la mesa
problemáticas que antes estaban permeadas por diferentes limitaciones
hegemónicas. Sin embargo, y en esto las discusiones académicas son una
advertencia, la respuesta es la aparente re-formulación del sistema, un triste
asistencialismo y la promesa de la redención política mediante la
representación en el campo del arte, no la completa re-estructuración de los
aparatos políticos e ideológicos del estado.
[1] Es
curioso que Adorno cite aprobatoriamente a Heidegger. Esto muestra que su
filosofía era no sólo crítica sino también reconciliadora. A diferencia de las
creencias del común, Adorno sabía reconocer a sus rivales los puntos valiosos y
plausibles de sus ideas.
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